Notas autobiográficas

Yo nací en Miguelturra, en lo más seco de la seca Mancha, que es parte de Castilla la Nueva donde se habla castellano con propiedad y gracia de lengua sin dudas. Ese fue mi idioma primero. El segundo sería el gallego.Desde chico supe lo que era la lucha desigual entre esas dos lenguas, y
-porque algo me manda andar a contrapelo- tomé partida por la más débil.
Sé que esto no es un mérito sino cuestión de carácter, y quiero dejar constancia de lo que pienso cuando ya tengo a quien me acaricie las barbas mientras me llama “abuelo”.

Me hice persona en Ferrol, tierra de aluvión. Soy inmigrante en país de emigrantes y no consigo recordar los pagos de mi origen fortuito (porque la memoria de los pequeños es parcial: hecha sólo con destellos imposibles de situar). Como otros que tampoco recuerdan donde nacieron, trato de justificar la vida agarrándome a los cabos de la infancia que se hace adolescencia para ser juventud en seguida: declaro mi amor sin límite a la Ferrolterra y al vecino rincón del Eume.

Ese mundo pequeño, que marca a hierro de circunstancia, me abriría puertas a mundos mayores, inmensidades americanas a las que no renuncio porque quisiera haber vivido muchas vidas perdidas en ellas…

Empecé a escribir (¿quién se acuerda ya de eso?) por militancia galleguista. Le hice letras de canciones al malogrado Andrés do Barro, mi compañero de juegos en la Puerta Nueva ferrolana y en el arenal de Cabanas.

De las letras pasé a los poemas hasta que Ramón Piñeiro me indicó el camino: “Imitas bien a los poetas”.

Dejé entonces de querer serlo.

Hace casi cuarenta años que escribo crónicas, de lo que viví y de lo que otros vivieron.

Tuve la suerte de criarme como allegado a una tribu de epopeya, a un pueblo hijo de la aventura que nace en la desventura de sentirse inferior, porque otros amañaron su Historia (y por culpa de ese amaño se echó al mundo, para llenarlo de historias).

De los gallegos saqué sustancia de escritura y, por devolver lo recibido como creo que se debe, escribí lo que me dictaron en la lengua que todos ellos deberían gozar, pero que unos aman y otros rechazan (dando muestra de esquizofrenia en su personalidad colectiva).

Y doy gracias a todos. De los buenos y generosos tomé materia positiva, y de los miserables, la negativa: en artículos, narraciones breves, novelas y relatos de viaje, en todo lo mío, hay de lo glorioso y lo ruin de aquellos que conmigo fueron haciendo camino.

Quien tenga paciencia de ordenar por temas cuanto me vienen publicando
desde los tiempos de la canción, verá que la emigración, la nostalgia, el dolor de las distancias, la necesidad de comerse la Tierra (que es de todos los hombres, como escribió Rosalía de Castro) son constantes en lo que practiqué en horas robadas al sueño; en esperas de aeropuerto, en hastíos de vuelo; en fines de semana de encierro.

Mírese Voltar, seis personaxes e un fado: la obsesión de la vuelta, del retorno; obsérvense cuántas narraciones de las que dejé por escrito se podrían calificar dentro de un (perdón por la pedantería) “conjunto americanista”, que envuelve a otro “argentinista”, a su vez contenedor del más intensamente expresivo, el “patagonista”. La emigración me acompañó desde el Madrid vulgar donde tantos fuimos emigrantes hasta los rincones más insospechados del Cono Sur de las Américas.

Tampoco me faltó tiempo para retratar al Impaís Gallego -que mal se entiende sin la marcha hacia las lejanías- ni para transcribir la realidad que en él hubo mientras en él existí. Ni me pude retraer al deseo de contar lo pasado según lo deduzco de las lecturas o de las relaciones oídas.

Como personaje que soy de mi tiempo, “la guerra” (no hace falta decir
cuál) me persigue como fantasma familiar, con toda su compañía de horrores. El conflicto fratricida no se escapa de las referencias, es telón de fondo de mucho de lo que me publicaron.

Son mis temas, que me gustaría haber escrito en la lengua vivaz, llena de matices y sutilezas en que lo hice, pero con otra grafía, no “demótica” (tomo la definición de Ricardo Carvalho, ferrolano, amigo de Ernesto Guerra da Cal, también de esos pagos nuestros). Quisiera haber escrito en gallego literario con la grafía histórica que lo une al portugués. Pero otras son las normas de academias e institutos…

Y aquí termino presentación, pidiendo disculpas a los lectores -algunos
entusiastas, relectores- de mis vanidades:

Que me perdonen el no haber acertado todavía con el cuerpo perfecto de la historia que entre todos -gente y autor- deberíamos convertir en mito para hacer país.

País, pues los países se asientan en historias reinventadas (como las Historias oficiales) que, cuando son parte de la Literatura, pueden gustar en otros países.”

Share