La necesaria III República

A los que no tengan relación próxima con la cultura galaico-luso-africano-brasileña el nombre de Ernesto Guerra da Cal quizá no os suene. Sí os suenan, y mucho, los de García Lorca y Valle-Inclán; algo os puede sonar el de Rosalía de Castro, porque se mencionaba en clase de Literatura entre los poetas del romanticismo español. Y difícilmente os sonará -salvo a los muy leídos- el de Eça de Queiroz.
Pues sabed que Ernesto Guerra da Cal fue un ferrolano al que admiraba apasionadamente García Lorca, por guapo, valiente, buen actor (de La Barraca) y poeta: él fue quien, de verdad, escribió los poemas en supuesto gallego de Lorca.
Además fue quien enseñó en Estados Unidos lo que significaron en Europa Rosalía Castro como poeta y Eça de Queiroz y Valle (que copiaba a Eça) en los ámbitos de la novela y el teatro.
Ernesto era un tipo sin pelos en la lengua, y muy consecuente con su ideología. Quien quiera verlo claramente, pida en el Registro Civil de Ferrol copia de datos de Guerra. Verá que, en los años 60, manda borrarse de español por no estar de acuerdo con el régimen de su paisano…
Yo también admiré a Ernesto, que nunca quiso volver a España, durante el franquismo por adversión, y en la democracia porque decía que era falsa, incompleta, castrada…
Si todos fuéramos como Guerra, nos tendríamos que haber ido en el 78, cuando nos cayó la Constitución de la Transición. Pero -como tantas veces le dije y le escribí al viejo recalcitrante- yo había aceptado mi derrota democráticamente, para, de esa manera, dentro de la democracia formal, luchar por un objetivo: la República que permitiera a una mayoría grande de españoles sentirse a gusto en España.
Siempre pensé que el País Vasco iba a abrir fuego contra un Estado absurdo, y pensé que se facilitaba la transición verdadera con la entrada de España en la UE y, después, con la adopción del euro como signo monetario de la Unión.
No imaginé que fuera Cataluña la que iniciase el asalto al Estado que alimenta la Caverna Madrileña. Pero ahí está Cataluña levantada, exigiendo libertad para separarse o, por lo menos, asimetría dentro del Estado.
¿Cuál puede ser la meta para todos los pueblos que componen el mosaico español?
Algo diferente a lo que se derivó de que un tal Juan Carlos de Borbón le jurase lealtad eterna a Franquito (también llamado Cerillita y Paquita).
Nos vendieron al Borbón como heredero de la unidad de destino en lo universal, después como salvador de la democracia y ahora, cuando ya sabemos todos de sus vicios y sus pecados, nunca compensables con acciones gloriosas (u honrosas por lo menos); cuando ya no se aguanta sobre las propias piernas, nos van a querer vender que sus herederos son los garantes de la continuidad de España en el mindo…
Pienso que los Borbones no se lo creen, pero saben que los tiempos no están para lujos de monarquías en el exilio. Mi idea es que confían en que les paguemos una jugosa pensión a los que lleguen hasta las puertas de la República inevitable.
Pero, ¿por qué mantenerlos? Mejor dicho, ¿por qué mantener a toda la recua? ¿Qué les debemos a las tales infantas y los hijos habidos con los impresentables de sus maridos plebeyoides? ¿Y a la plebeyísima princesa Fictizia?
Creo que es deber de todos los españoles honrados repasar la Historia y reflexionar. Los que llevamos tantos años aguantando una Constitución incómoda, que incluye algo tan antidemocrático como la monarquía, debemos levantar la voz y predicar: hay que acabar con tanto parásito con derecho a parasitar solo por ser hijo de parásito.
Guerra da Cal tenía razón. En el 78 nos debíamos haber exiliado. Pero, si lo llegamos a hacer, aún podría haber durado más el despropósito monárquico y el absurdo autonómico.
En fin: República Asimétrica, federal o como sea. Y los Borbones, a trabajar y pagar impuestos.
Ya me direis si tengo razón

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