Imposiciones de Madrid

Me acaba de decir una compañera de trabajo -gallega de nación y habla- que le produjo un sano placer escuchar a la presidenta de los Estados Unidos de Brasil (tal es el nombre del gran estado federal sudamericano). Esa señora habla un portugués perfectamente inteligible para oídos gallegos, mientras lo que hablan los portugueses es costoso de entender.
Le conté que cuando llegué a trabajar en Lisboa -en una empresa británica y de idioma oficial inglés- enseguida los colegas portugueses me calificaron de gallego. Creí que era por mi condición de tal por crianza, pero descubrí que también “acusaban” de gallega a una moza de Trás-os-Montes. La razón era sencilla: la chica hablaba “gallego”; o sea, portugués normativo, inteligible, apartado del “calão” lisboeta.
Pasaron los años y la RTP (Rádio Televisão Portuguesa) hizo estragos: hoy todos los portugueses hablan ininteligiblemente, a lo lisboeta. Por eso da gusto escuchar a un brasileño culto…
Otro tanto pasa con el castellano. Por aquellos años -hace cuarenta- un salmantino daba lecciones de perfección en el habla. Hoy no: todo el mundo habla “madrileñata”, cargado de rarezas para el castellano, gracias al trabajo sistemático de unificación que realizó la TVE primero y sus derivadas después.
No hace mucho oí una conferencia deliciosa en la feria del libro de Guadalajara. Era sobre traducción al “español”, como dicen los mejicanos (ojo, los argentinos -la gente de media más culta de Hispanoamérica- siempre dicen “castellano”). En esa conferencia, una editora mejicana pedía por favor a los taductores españoles que pensasen que son minoría en el gran mundo del habla hispana; y que se dejasen de joder con los leísmos y el palabrerío absurdo que desde Madrid se ha impuesto en toda España. Curiosamente, señalaba palabras como “tío”, “follar”, “marrón”, “currar” (dicía que “tú te lo curras” es imposible de entender en Méjico).
El españolito sin visión de mundo no se da cuenta de que España no es nada en comparación con Hispanoamérica. Y corremos el peligro de que aquí pase como en Portugal: que las ediciones de libros hechas en Lisboa se tengan que adaptar al portugués universal cuya traza marca Brasil (por cierto, una lengua que vuelve a sus orígenes cuando no se desvía por los indigenismos americanos: quiero decir que se vuelve a parecer al gallego, lengua matriz del tercer idioma europeo más hablado en en mundo).

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