Putas rojas

cemiterio-de-serantes.jpgCuando esto se escribe estamos en plena campaña electoral. Los encuestadores y los comentaristas aseguran del triunfo de Mariano Rajoy et caterva. Son los de siempre, sin duda. Retorna al poder la alianza del altar y la corona, de Madrid como ombligo del mundo; gana “Madrid y provincias” con voz de provinciano, gallego de la peor clase que puede existir: la del que va a medrar a Madrid.
La estupidez profunda del PSOE nos lleva a que se vaya a echar tierra sobre las tumbas que empezaban a abrirse, no para enseñar cráneos con entrada y salida de bala (tiro “de gracia” le llaman) sino para que España nunca olvidase la barbarie sufrida, en la guerra que la descarriló para siempre y en la posguerra que la arruinó moralmente. Quien se atreva a leer en portugués, francés e inglés lea la documentación demoledora y trilingüe de O nosso século é fascista! de Manuel Loff.
Vuelven los herederos de una idea que nunca murió, que se recreció con el montaje falso de la Transición. Entonces se vistieron de UCD, y ahora sabemos de que se visten (alguno hasta de “socialista católico” con destino en Roma). Pero aún quedan memorias vivas.
Veamos:
Don Gonzalo Torrente Ballester se mandó enterrar en el cementerio humilde de Serantes, parroquia ferrolana donde aprendió vida de aldea. Cerca de su tumba severa y limpia hay una fosa común. Allí están enterradas las putas rojas, servidoras de amor pagado de los operarios de los astilleros, y de la marinería que casi consiguió apoderarse del arsenal cuando sus jefes se sublevaron contra la República.
Por eso se decidió fusilarlas, para hacerles justicia por rojas (y callar sus voces, en concreto la de una que alardeaba saber de tamaños de pene bajo sotana castrense y hábito franciscano).
Muchas de ellas tenían hijos, habidos con quien hubiese ocurrido el fallo. Cuando las montaron en el camión en su barrio pecador de Esteiro, los chicos las iban siguiendo, llorando y gritando. Así fueron, despacio, cruzando la ciudad, cogiendo la carretera en procesión: el camión, el piquete de fusiladores y detrás los hijos de puta que habría que reeducar.
En un sitio próximo a la iglesia y el cementerio (que así son las cosas en Galicia: los muertos al lado de los vivos que van a rezar), alguien se apenó de los chavales y les cortó el paso.
Pero oyeron las descargas de fusilería e imaginaron lo que iba a ser de ellos. Porque, claro, no es lo mismo ser hijo de puta roja viva que de puta roja muerta…
Lo dicho: Mariano Rajoy evita el recuerdo de su abuelo el republicano galleguista, y todos los que van con él tratarán de que España vuelva a la amnesia. Ahora –esgrimirán– lo que importa es salvar la economía. Como si la economía tuviera mucho que ver con la dignidad de la memoria de un pueblo.

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