Rato: un favor de urinario

Conocí a Rodrigo Rato orinando, y me pidió un favor. Estábamos en los servicios mingitorios del parador de turismo de Cambados. Él allí no era nadie y yo, sin embargo, una figura importante.
“Pregoeiro da Festa do Albariño”, aparecí como caballero “capado”, o sea: con capa. Después de discursos de alabanza a uno de los mejores caldos blancos del mundo, me retiraba yo discretamente a aliviar la vejiga cuando me vio don Manuel Fraga, también “capado” para la ocasión.
Estaba con su cuñado, Carlos Robles, hombre mayor, alto, con gafas de lentes gruesos, y con otro, relativamente joven, desconocido. Don Manuel se puso a discutir qué capa tenía mejor corte, si la suya, de la cofradía del Albariño, o la mía, de la Irmandade dos Vinhos Galegos. El Presidente de la Xunta tuvo que darme la razón: mi capa era perfecta, diseñada y fabricada por Manuel Mariño (alias Roberto Verinno), es de doble uso, con un lado impermeable, muy conveniente para quien habita en el Impaís Levitante de las Brumas y las Lluvias, que se conoce en el mundo como Galicia.
Robles Piquer se reía de la discusión pero el desconocido nos miraba asombrado, quizás perdiendo las picardías del juego pues hablábamos en gallego, idioma que Fraga usaba con referencias al mundo profundamente sabio de la Chaira luguesa, que preside su pueblo, Vilalba.
Yo tenía ganas de orinar y don Manuel, poliédrico, de repente le dio una vuelta a la conversación para meterse en coberturas de reemisores de la TVG sobre Asturias y Portugal. Me tuve que poner didáctico y Fraga acabó diciéndome que uno de sus directores generales me iba a llamar (Fraga era muy paisano, hacía como los labradores de su tierra: ante los conflictos, consultar a varios abogados).
Cuando por fin vi que podía alcanzar la deseada liberación de vejiga, oí los pasos de alguien tras de mí. Era el desconocido. Me arrimé al urinario y dejé que la capa ocultase mis vergüenzas. Mi compañero gratuito hizo despliegue de su apéndice urétrico con naturalidad y, desinhibido, me dijo haber deducido que yo era ingeniero de Telecomunicación y vocal de la junta del Colegio profesional.
Se lo confirmé mientras intentaba terminar con la última gota (siempre la más reticente) y, ya lavándonos las manos, me pidió que la junta del Colegío fuese a hablar al Parlamento con una tal Ana Mato por cuestiones de lo que in illo tempore se llamaba “la ley del cable”. Me insistió en que era un favor grande (evidentemente el PP andaba despistado).
Le respondí que, para tal trámite, la señora Mato debía dirigirse a la secretaría del Colegio, porque yo no podía hacer nada más que, en la próxima junta, sacar la petición en turno de ruegos y preguntas.
Chocamos las manos higienizadas, me dijo su nombre y cada cual fue a sentarse en el sitio que tenía asignado para el banquete. Durante la comida se me informó sobre el personaje de tan gallego apellido totémico (que pasa desapercibido en una España ignorante de lo que significan las palabras básicas del galaico-portugués). Hasta supe que R.R. estaba casado con una Canosa de Viveiro.
Curiosamente, no tardamos en encontrarnos en esa linda villa cantábrica, tomando vasos por la calle. Un amigo común, ilustre vivariense que reside en Madrid, intentó presentarnos de nuevo…
Después vino lo que vino, con Aznar y “España va bien”; hasta que España fue mal, sobre todo para el PP. El Mr. Mouse (que no Mr. While) me pareció un tipo serio, con una gran ventaja diferencial sobre los políticos españoles: su inglés correcto, británico.
Por eso no me extrañó que se escapase de la quema zapatérica yendo a mandar mucho en los dineros del mundo. Ya me extrañó más que volviese a España y tuvieran que buscarle acomodo en Cajamadrid (¿se llamaba así?)
Y, ahora, llegado el “bankiazo”, debo manifestar mi desconcierto total: Rodrigo el del urinario de Cambados no es un mago de las finanzas; y, siendo tan rico por familia, acepta la miseria de un millón y pico de euros para quitarse de en medio…
En estos días tomar cervezas en la Place du Luxembourg de Bruselas, frente al Parlamento Europeo, está complicado para los españoles: identificado su idioma por los vecinos de mesa, estos bajan la voz y comentan algo con sonrisas de desprecio. Somos otros apestados como los griegos.
Hablando allí varios amigos sobre países y comportamientos diferentes, con el transfondo de Bankia, alguien dijo que Hitler y Stalin les mandaban una pistola a sus generales cuando perdían una batalla. Otro dijo que Churchill era más fino: cuando uno de sus generales fallaba, nunca más se oía hablar de él, pues no hay mayor castigo que vivir con la derrota a cuestas.
Siguiendo con la comparaciones guerreras, comparando la guerra física con la económica de nuestros días, un tercero recordó a sus tertulianos que los generales japoneses derrotados se hacían el harakiri.
Hubo un pequeño hiato, viendo gente joven y guapa pisar los adoquines de la plaza de Luxemburgo, sorteando coches y autobuses. Y, de repente, alguien dio una definición:
“Raticidio: harakiri realizado con la pajita de la máquina de café”.
Salta la carcajada y los que nos rodean miran asombrados. Casualmente pasa al lado de la mesa un conocido esloveno e inquiere el porqué de tanta hilaridad. Se lo explicamos en inglés y en francés y se va mondando de risa. Se para en otra mesa donde hay dos españoles y vuelven a reír, se les ve dar explicaciones y siguen las carcajadas bajo los parasoles de la cervecería.
Señores: esto es España vista desde Bruselas.
(Ah, por cierto: Rato es Ratón en tierras de habla castellana)

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